MIRADAS DE ERASMUS+ AL CAMPAMENTO URBANO 2026
Del 6 al 17 de julio de 2026 tuvo lugar el campamento urbano de verano de Mundo en Movimiento en Madrid. Fue un campamento para 20 niños y niñas de entre siete y doce años en el que organizamos actividades diarias bajo el lema «¡Investigar, descubrir, jugar y crecer!». Entre otras cosas, visitamos el Museo de la Felicidad y el Museo del Prado, hicimos juegos acuáticos en distintos parques, fuimos a Faunia y al Parque de Atracciones de Madrid, organizamos talleres de cubo de Rubik, bailamos canciones de Shakira y también fuimos a escalar a Sputnik. Por las mañanas nos encontrábamos en una plaza céntrica de la ciudad y las familias volvían a recogerlos por la tarde.
Como estas eran mis primeras dos semanas en Madrid, visitar distintos lugares con los niños y niñas me ayudó mucho a hacerme una idea de la ciudad y a descubrir sitios a los que me gustaría volver. Además, como utilizábamos el metro y el autobús todos los días, el campamento también me permitió familiarizarme con el sistema de transporte público.
Muchos de los niños y niñas procedían de países de América Latina y el español era su lengua materna. Las personas en prácticas, que éramos de Grecia y de Alemania, intentábamos hablar con ellos en inglés y, cuando era necesario, nuestras compañeras y compañeros traducían. Pero, a pesar de la barrera del idioma, pude mantener buenas conversaciones con los niños y niñas. Cuando se dieron cuenta de que apenas sabía hablar español, señalaban constantemente cosas y me enseñaban palabras nuevas que yo tenía que repetir. También me corregían la gramática cuando decía algo mal. Además, cada mañana algunas niñas venían a verme y me preguntaban: «¿Qué es strawberry en español?». Se autoproclamaron orgullosamente «profes de español» y, gracias a su paciencia, mi español ya ha mejorado muchísimo. Durante el campamento, las y los participantes también aprendieron algo de inglés con nosotras y quienes ya sabían un poco ayudaban a traducir a los demás.
Lo que más disfruté fue la naturalidad con la que conectamos con los niños y niñas a través del juego y la espontaneidad. Muchas veces sentía que teníamos mucho más en común que lo que nos separaba y que éramos capaces de comunicarnos sin barreras. Antes de que empezara el campamento, el idioma me parecía uno de los mayores retos y, mientras preparábamos las actividades, me preguntaba constantemente cómo íbamos a superar ese obstáculo. Sin embargo, en la práctica, aunque el idioma es sin duda importante para comunicarnos y para que las actividades funcionen bien, me di cuenta de que las ganas de comunicarse y jugar juntas son mucho más importantes que la forma concreta en que se produce la comunicación o que esta sea «perfecta».
Una de las cosas más significativas que descubrí fue ver cómo los niños y niñas se acercan a las diferencias con verdadera curiosidad, en lugar de hacerlo desde los prejuicios. Su interés por conocer «al otro» surgía de forma natural y servía para unirnos, sin las divisiones que a veces creamos las personas adultas. El hecho de que viniéramos de contextos culturales diferentes nunca pareció importarles; al contrario, se convirtió en algo que enriquecía nuestras interacciones.
Fue muy bonito ver que algunos niños y niñas habían hecho amistad e incluso intercambiado sus contactos. A menudo preguntaban por los demás cuando alguien estaba enfermo. Además, el campamento fue una buena oportunidad también para que nosotras pudiéramos conocernos mejor entre compañeras y compañeros de trabajo.
Otro aspecto que al principio consideraba un reto, pero que en la práctica resultó mucho más sencillo, fue establecer límites. Se trataba de encontrar el equilibrio entre ejercer autoridad cuando era necesario y, al mismo tiempo, mantener la relación cercana, de confianza y relajada que habíamos construido con los niños y niñas. Como tenía muy poca experiencia previa trabajando con infancia, me llevó un tiempo sentirme cómoda moviéndome entre estos diferentes roles. Poco a poco, se fue volviendo cada vez más natural y me fui dando cuenta de que ese equilibrio era fundamental tanto para mantener la estructura del campamento como para conservar el ambiente positivo que habíamos creado juntas.
También creo que tanto los niños y niñas como yo fuimos desarrollando nuestras habilidades para trabajar en equipo a lo largo del campamento. Trabajábamos en grupo prácticamente todo el tiempo y podía ver claramente la ilusión y la curiosidad que tenían por conectar con nosotras. Muchas veces, las actividades en grupo se convertían en una oportunidad para que quisieran saber más sobre mí personalmente, lo que nos permitía construir relaciones que se parecían cada vez más a una amistad. Poco a poco empezaron a vernos como algo más que las personas encargadas del campamento o de dirigir las actividades. Por supuesto, esto también fue posible porque nosotras queríamos crear ese tipo de vínculo, sin dejar de cumplir con nuestras responsabilidades.
Durante el campamento, nuestro equipo estaba formado por dos personas del equipo a tiempo completo, tres personas en prácticas y una voluntaria. Todo el mundo pudo aportar sus propias ideas para el campamento y ponerlas en práctica, por lo que yo también pude dirigir algunos de mis propios juegos y actividades grupales. El único reto fue la barrera del idioma, ya que a veces resultaba difícil explicar un juego en inglés a 20 niños y niñas y conseguir mantener su atención. Sin embargo, podíamos pedir ayuda a nuestras compañeras y compañeros hispanohablantes y desarrollar los juegos juntas como equipo.
Otro factor que contribuyó al éxito del campamento fue la manera interactiva en la que diseñamos las actividades, tratando de que cada experiencia resultara participativa y atractiva. Por ejemplo, convertimos nuestra visita al Museo del Prado en un juego de exploración, o presentamos nuestros países de origen a través de comida tradicional, conversaciones y cuestionarios. Estos momentos se convirtieron en algunos de mis favoritos del campamento, junto con las horas que pasamos en el parque. Allí combinábamos una gran variedad de actividades: juegos para romper el hielo, yoga, juegos de agua, deportes e incluso actividades paralelas que permitían que diferentes grupos de niños y niñas eligieran qué querían hacer realmente. Darles la libertad de participar de acuerdo con sus propios intereses hizo que la experiencia fuera todavía más divertida y significativa para todo el mundo.
El campamento urbano nos ayudó de muchas maneras como personas en prácticas que estábamos viviendo, por primera vez, el proceso de planificar, organizar y poner en marcha actividades dentro de una ONG. Durante esas dos semanas aprendimos a adaptarnos a situaciones inesperadas, a pensar de una manera más estratégica y organizada y a aprender constantemente unas de otras. Se convirtió en un proceso continuo de intercambio cultural, incluso en momentos que al principio no parecían estar relacionados con el aprendizaje intercultural: mientras preparábamos una celebración sorpresa, pasando tiempo juntas en el parque de atracciones o simplemente compartiendo comidas.
Al reflexionar sobre mi experiencia, creo que participar en este campamento me ayudó a desarrollar habilidades importantes para la vida, como trabajar en equipo, comunicar y establecer límites y tomar la iniciativa. Pero, sobre todo, me dio más confianza en mi capacidad para adaptarme, colaborar y asumir responsabilidades en diferentes situaciones.
Creo que desarrollar estas habilidades es una experiencia transformadora, no solo de cara a futuros contextos profesionales, sino también para la vida cotidiana. Estas prácticas me han demostrado que los aprendizajes más significativos muchas veces surgen de interacciones humanas sencillas, de experiencias compartidas y de la voluntad de conectar con otras personas más allá de las diferencias culturales.
Visto con perspectiva, el campamento de verano fue mucho más que dos semanas de actividades. Creó un espacio en el que los niños y niñas pudieron compartir experiencias culturales, hacer nuevas amistades, descubrir nuevos lugares, aprender unos de otros y, simplemente, disfrutar del verano. Para mí, fue una manera perfecta de comenzar mis prácticas. A pesar de la barrera del idioma, disfruté muchísimo del tiempo con los niños y niñas y ya los echo de menos. Espero que podamos volver a ver a algunos de ellos en futuras actividades de Mundo en Movimiento.
