MIGRANTES VENEZOLANOS: SIN PARAR DE CAMINAR
Cauca, Colombia
Hoy el día está tranquilo. Apenas son las 11:40, pero desde temprano que lleva haciendo mucho calor, darán unos 30ºC, creo. Nos encontramos en medio de la autopista, esa larga e inmensa Panamericana que atraviesa todo el subcontinente. ¿O debería decir continente? ¿El “sub” de quién? Me pongo a pensar por qué nos empeñamos en dividir cada centímetro de tierra con esas insoportables líneas invisibles que llaman fronteras. Estamos a unos pocos kilómetros de Villa Rica, un pequeño pueblo de unos 20.000 habitantes a 20km de Cali, la capital de la salsa colombiana. Pero nunca andamos por el pueblo, nos pasamos todo el día parados en un tramo a pocos kilómetros, en el peaje. Por aquí pasan sin parar innumerables motos, coches, camiones de carga y esas ruidosas y conocidas “mulas”: tractocamiones a los que se suben aquellos migrantes venezolanos para ahorrarse unos cuantos kilómetros de caminata. A veces pasan también colombianos desplazados internos. Son caminantes. Caminantes que vienen de lejos, que llevan semanas recorriendo autopistas, carreteras y caminos destapados sin asfaltar. Caminantes que esperan y esperan a que algún conductor pare la mula y les pueda llevar más cerca de su destino, aunque aún no sepan exactamente cuál es.
Cada día llegamos a las ocho de la mañana y desde una furgoneta servimos como punto de atención, donde en su trayecto de regreso a Venezuela o en dirección a otros países- Ecuador, Perú, Chile, Argentina o “la USA”-, paran un ratico y reciben unos kits de comida financiados por el PMA, el Programa Mundial de Alimentos. Estos kits están previstos para durar tres días. Hay 1,5L de agua, algunas galletas, compota de fruta, atún y otras conservas. Me pregunto cómo podría caminar durante horas y horas bajo este horrible sol y beber tan sólo medio litro de agua al día.
Veo en ellos mucha prisa (“afán”, como dicen aquí), prisa por huir, huir de donde vienen, de aquellos con los que se topan y no deberían encontrarse por el camino. Prisa por llegar, aunque apenas pocos conocen el destino exacto. Prisa por olvidar lo que han visto, por aquello por lo que no quieren volver a pasar. Pena por estar lejos de los suyos. Miedo ante este futuro espantosamente incierto. Miedo de quedarse dormidos en la noche y despertarse sin nada. Miedo de ser mujer y saber todo lo que ello implica. Pero veo fuerza, una fuerza sencillamente imposible de explicar, de llegar a entender siquiera.
“Si quiero llegar a Bogotá y me bajan acá no alcanzo hoy, prefiero aguantar el hambre y llegar sin caminar”, escucho decir a varios chicos que caminan en grupo. “Tenía tanta hambre chamo que estaba peliando de rabia”. El otro día un niño cuyo nombre no alcancé a descifrar me preguntaba por mi edad, si tenía hijos, si estaba casada. Con mucha energía y sin parar de sonreír me dijo que venían de bien lejos al sur de Colombia, de Pasto, y se acababan de bajar de una mula. Le pregunté la edad y, mirando sus dedos, pude contar lo que me indicaba: ocho años.
Veo a hombres de unos setenta años caminar. Llevan recorriendo esta carretera en línea recta durante días. Veo a niñas y niños de entre 3 y 10 años, me sonríen siempre que les saludo y notan mi acento español. Todos ellos muestran siempre una expresión de extrañeza cuando me escuchan hablar, aunque de primeras vean mi pelo crespo, tan común aquí. Veo a chicas más jóvenes que yo, solas, embarazadas y con un bebé al pecho. Me estremezco siempre que registramos sus nombres y escucho decir en alto su año de nacimiento. Veo carros de bebés, maletas rotas, macutos remendados con hilo fino de coser. Veo chanclas, sólo chanclas para caminar. Menos mal que hace calor, pienso.
Observo y palpo el ambiente. Se entremezclan caras de cansancio, muecas de dolor en los pies y una que otra herida abierta por alguna pelea de la noche anterior. Veo empatía y cuidado. Veo desesperación, mucha rabia y enfado. Veo quiénes son y, entre tanto afán por irse de aquí, de este pequeño parón hostil y caluroso, me quedo con las ganas de que se queden un rato más, abierta a que cuenten lo que estando solos no pueden contar, abierta a quedarme sentada en silencio con ellos, mientras toman su no más de medio litro de agua del día. Son caminantes. Son migrantes. Y son mucho más.
